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¿Por qué tratamos la cultura como si fuera un lujo?

¿Por qué tratamos la cultura como si fuera un lujo?

Hace una década, la cultura todavía ocupaba un lugar más importante en los presupuestos públicos. Hoy, en muchos lugares, apenas recibe una fracción de lo que se destina a otras áreas.

Solemos imaginar el presupuesto como un pastel de tamaño fijo: cada peso que va a cultura es un peso que deja de ir a salud, educación o seguridad.

Pero la cultura también forma parte de esas cosas.

La cultura no compite con las necesidades básicas

El acceso al arte, a la música, al teatro, a los libros y a los espacios culturales influye en cómo aprendemos, cómo nos relacionamos con los demás y cómo procesamos lo que vivimos.

No hace falta romantizarlo. Hay décadas de investigación sobre los efectos de la práctica artística y la participación cultural en el desarrollo, el bienestar y la educación.

La cultura no resuelve por sí sola una crisis. Pero tampoco es un lujo que podamos quitar de la ecuación sin consecuencias.

Lo que pasa cuando la cultura llega a una comunidad

El impacto de la cultura también aparece lejos de los grandes museos y las instituciones.

Un taller de cerámica, una biblioteca, una sala de conciertos o un espacio donde alguien puede aprender fotografía hacen algo muy sencillo: crean lugares para encontrarnos.

En una comunidad con estos espacios suceden cosas que no tienen que ver directamente con producir o consumir. La gente aprende, conversa, crea, comparte y se reconoce en otros.

Eso también es tejido social.

Cuando llegan las épocas difíciles, tener una comunidad con vínculos fuertes importa.

El precio también decide quién participa

Hay otra consecuencia de reducir el apoyo a la cultura: el acceso termina dependiendo cada vez más del bolsillo.

Si una institución tiene menos recursos, busca recuperarlos en taquilla, talleres, cuotas o patrocinios. Poco a poco, ciertas experiencias culturales dejan de estar al alcance de todos.

No es necesariamente que la gente no quiera ir a un museo, llevar a sus hijos a danza o aprender un instrumento. Muchas veces simplemente no puede pagarlo.

Y cuando eso ocurre durante años, la cultura deja de ser algo compartido y se convierte en algo reservado para quienes tienen los recursos para acceder a ella.

La crisis siempre trae la misma excusa

Cada vez que hay una crisis, la cultura aparece entre las primeras cosas que se consideran prescindibles.

Hay problemas más urgentes, se dice. Salud. Seguridad. Educación. Empleo.

Pero la cultura no existe fuera de esas conversaciones.

Una persona que encuentra una comunidad en un coro. Un niño que descubre la música. Alguien que encuentra en el teatro una forma de procesar lo que está viviendo. Una comunidad que conserva su memoria a través de un archivo o un museo.

Todo eso también forma parte de una sociedad saludable. El problema es que sus resultados no siempre caben en una hoja de Excel.

Lo que desaparece cuando dejamos de invertir

Al recortar la cultura, no solo desaparecen exposiciones o conciertos.

Desaparecen empleos. Cierran espacios. Los creadores buscan oportunidades en otros lugares. Se pierden archivos, proyectos y conocimientos. Se reducen los lugares donde las personas pueden encontrarse.

Y también perdemos algo menos tangible: la capacidad de contar nuestras propias historias.

Si no documentamos lo que somos, alguien más lo hará. Y si no construimos espacios para imaginar futuros distintos, terminamos consumiendo las historias que otros ya construyeron para nosotros.

El presupuesto también dice qué consideramos importante

Un presupuesto no es una declaración de prioridades.

Dice qué queremos conservar, qué queremos desarrollar y qué estamos dispuestos a dejar desaparecer.

Durante demasiado tiempo hemos tratado la cultura como algo que se puede financiar cuando sobra dinero.

¿Qué tipo de sociedad queremos construir y qué papel tiene la cultura en ella?

Entonces, ¿por qué seguimos llamándola lujo?

Porque sus resultados son difíciles de medir a corto plazo.

Una carretera se inaugura. Un hospital se cuenta. Una nueva oficina aparece en una fotografía.

La cultura trabaja de otra manera. Sus efectos se acumulan lentamente: una persona que encuentra una vocación, una comunidad que se organiza, una historia que no se pierde, un niño que descubre que puede crear algo que antes no imaginaba.

Eso no significa que cualquier proyecto cultural merezca financiación ni que el arte deba quedar fuera de cualquier evaluación. Significa que estamos usando una medida demasiado pequeña para calcular su valor.

Al final deberíamos preguntarnos qué perdemos cuando dejamos de invertir en cultura.

La cultura no es lo que hacemos cuando ya resolvimos todo lo demás. Es parte de cómo construimos una sociedad capaz de imaginar, crear y cuidarse a sí misma. Y mientras esperamos que las grandes decisiones cambien, hay personas, espacios y proyectos que ya están haciendo ese trabajo todos los días. Quizá también nos toca prestarles atención, participar y mantenerlos vivos.

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