Otredades

Quién es ese yo. Gonzalo Vélez

Je est un autre.
Rimbaud
Yo llego a ser Yo en el Tú;
al llegar a ser Yo, digo Tú.
Martin Buber

La enigmática sentencia del poeta Arthur Rimbaud, “Je est un autre”, genera de inmediato incomodidad. Del francés se traduce literalmente: “Yo es un otro”; o sea (como me corrigió automáticamente, dogmático de la gramática, el procesador de palabras): “Yo es otro”. Si bien una interpretación más sensible, más cercana a nuestro idioma, nos propone: “Yo es alguien más”. Es decir: Yo es alguien-que-no-soy-yo, o, con mayor precisión: yo es alguien distinto de la idea que yo tengo de quién es ese yo, o sea, de la idea que tengo de quién soy, si nos ponemos psicoanalíticos. El meollo de esta máxima radica justo en la falta de correspondencia gramatical.

El sujeto en primera persona exige un verbo en primera persona. Es ley inquebrantable. Nadie antes había planteado con seriedad, o como desafío o poesía, una disociación de esa manera tan gramática. “Madera que se descubre violín”, Rimbaud era, a fin de cuentas, hace siglo y medio cuando escribió esa frase, un adolescente rebelde y precoz enojado con la vida, en procura de experiencias extremas para transmutarlas, como él creía entonces, en poesía. Se estaba buscando
a sí mismo, se podría decir desde otra perspectiva.

Cuando Rimbaud postula que yo es alguien-que-no-soy-yo, entendemos que hay un yo que habita a la persona, pero que ese yo es percibido de maneras divergentes por los demás cuando actúa y se relaciona. Lo que se plantea, en todo caso, es una disociación. Decir: yo soy yo se ha vuelto por lo menos un enunciado sospechoso. Vemos aparecer un sesgo en la tautología, una ligera fractura.

Yo soy yo, por otra parte, es la respuesta a: quién eres tú. Se diría que con esto no llegamos más allá de una autoafirmación orgullosa: egocéntrica, pues; sin embargo, dicho sesgo, la implícita duda en cuanto a la identidad, se verifica precisamente en la persona otra, en el tú que confronta al yo, y que, al hacerlo, a la vez le (im)pone límites y le otorga existencia.

Ahora que esta muestra de pintura nos invita sutilmente a reflexionar sobre el individualismo y nuestra dependencia de los demás, se propone de manera tácita preguntarnos: quién es “yo” y quién es “los otros”. En una época en que el egoísmo y el desinterés por el mundo se propagan como actitud de vida, se vuelve necesario recordar con énfasis que el mundo no gira alrededor del yo, sino que todos somos responsables por el mundo, responsables de las cosas que hay en él y de nuestras relaciones con nuestros congéneres. La obra reunida aquí apunta a una lectura en esa dirección.

Para el filósofo Martin Buber, el yo no existe por sí mismo, sino que sólo se puede concebir en una dualidad, la cual se presenta a la vez de dos formas exclusivas: el yo-ello, que se da en la confrontación objetiva con el mundo de la naturaleza, y el yo-tú, o sea, el yo que se reconoce en la persona próxima, donde se da el verdadero encuentro entre seres humanos al aceptar a la persona tal cual es, incorporando su otredad. De este modo, el principio de ser humanos, de lo que constituye nuestra humanidad, se da precisamente en ese encuentro de otredades, en esa asimilación recíproca.

A veces parece, sin embargo, que cuestiones filosóficas como éstas exigen reflexiones demasiado abstractas que poco tienen que ver con nuestro acontecer inmediato, y no las relacionamos con problemas candentes que aquejan a la sociedad, como por ejemplo la violencia criminal o las extremas desigualdades económicas, a pesar de que en tales actos la negación del otro es manifiesta, y nos deshumaniza: nos animaliza. En la vida cotidiana, el yo se sobreentiende. Tan claro es que yo soy yo y tú eres tú, que nunca pensamos en eso cada vez que nos asomamos al mundo. Yo soy yo, y lo que no soy yo es, forzosamente, lo otro, lo que está fuera de mí.

En el encierro de mi propia existencia, esta conclusión parece rotunda. Sin embargo, dicho encierro es tan sólo una idea solipsista, pues lo otro me resulta indispensable para constatar que yo mismo existo. Lo otro existe también, y así, de pronto, lo claro deja de ser transparente. Porque si lo otro existe por necesidad, entonces yo seré siempre lo otro para el yo de eso que no soy yo, y la cuestión se complica.

En consecuencia, cuando digo yo soy yo, en lo que parece la afirmación de algo obvio o una redundancia que no conduce a ninguna parte, la certeza se revela más bien como una confusión de términos, en la que no puedo saber cuál de los dos yo soy: el que está antes o el que está después del verbo.

Para dirimir este asunto con argumentos pictóricos, quince artistas visuales de diversas generaciones y tendencias se han congregado en esta muestra. Aplicando la lógica del pincel y la gramática del color, cada uno de ellos y ellas argumenta por medio de cuadros la manera en que su ojo, o sea su yo, capta y plasma, en un polifacético juego de otredades, a ese mismo yo (que se integra a lo otro) y a otros y otras al alcance de su ojo (que de este modo se yoifican).

Veremos propuestas que abarcan un abanico igualmente amplio de enfoques: del deterioro al hiperrealismo, de ámbitos surreales a la privacidad de la cotidianidad, de tratamientos renacentistas a movimientos fotográficos, de rostros y torsos plantados contra fondos monocromos sin contexto a otros acompañados por elementos contextuales que los complementan: pero siempre con un sujeto protagónico supuesto en esa visión de lo otro.

Las diversas sensibilidades estéticas y los caracteres personales de cada artista reflejan en un multiforme mosaico la infinidad de maneras en que el ser humano se expresa a través de cada yo particular, que es el alma que nos habita y que a cada quien nos hace irrepetibles. El arte del retrato adquiere en esta curaduría una perspectiva que es a la vez ontológica y social: el individuo existe y es único, pero sólo somos en relación con lo otro, con los otros. Yo existo, pero soy: Yo en los demás.

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