¿Qué le pasó al dibujo que le hiciste a tu mamá o papá? ¿Recuerdas el aroma de tus primeras crayolas, de los plumones metálicos y las plumas de gel con brillos, además de las gomas en tubo con aromas frutales y que siempre terminabas el ciclo escolar con poco más de seis de los veinticuatro lápices de tu caja de colores?
Dentro de ti, muy en el fondo, sabías que tu amigo Jaime se había quedado con el lápiz de color verde agua que tanto te gustaba.
Jaime se creyó muy listo por pensar que, al quitar la estampa con tu nombre completo, no podrías identificar tu preciado lápiz, pero tú sabías la verdad, aun así, estimabas a Jaime, porque dentro de tu estuche tenías un objeto codiciado por los dioses; su preciada goma con forma de dinosaurio, la que nunca usarías para preservarla intacta por la eternidad y que de todas formas ibas a perder un par de semanas después.
¿Cuánto has olvidado de tus primeros sueños?
Shalom Hernández nos invita a su primer ejercicio expositivo individual para conectar con la nostalgia de la niñez, con los momentos libres de preocupación y pensar en aquel lugar seguro que fue, es o será, dependiendo de la infancia que nos haya tocado vivir. Nos dejamos envolver por colores brillantes, ventanas departamentales de otros mundos y realidades que nos llevan a memorias personales que buscan mantener un dialogo con lo que queda de aquella personalidad primaria de nuestra infancia, tan lejana como cercana, ya que ahora seguramente y sin (querer) darnos cuenta, son los pilares de la personalidad adulta que hemos construido, pensado inclusive como un sendero colorido que conecta al niño interno con el ejercicio de la madurez.
Que adultos todos, Shalom no llora, Juan es invencible y Fernanda siempre saca 10.
A veces no somos más que un infante con una torpe movilidad motriz que tambalea por la vida, que juega a “Los Adultos” un juego del que nadie nos dio reglas pero que duele como el balonazo en la cara en Educación Física, como el que le dieron a tu amiga Marifer jugando quemados, pobre Marifer, hasta los lentes le doblaron y eran nuevos.
Los ojos de Hernández observan su cotidianidad, toman consciencia de los espacios públicos por los que transita y siempre prestan atención a los detalles más insignificantes, los cuales construye un diario; es ella la que quiere saber todo sobre uno, ahora toca mirarla a ella y querer saber todo lo suyo. Shalom encuentra en el color una propuesta optimista de expresión artística, con la que crea un registro de paisajes y situaciones de su día a día, aceptando las variaciones de la vida, con los pros y contras que conforman nuestra existencia. Nos invita a recorrer las calle hablando francamente de infante a infante y nos motiva a dibujar nuestros nuevos sueños antes de que se nos termine la hora del recreo.
“Aceptar las circunstancias actuales sin resistencia ni resentimiento” (Shalom Hernández)
H. S. V.
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